¡Así se toca la zarzuela!

Gusta que orquestas de renombre, como la maravillosa del Concertgebow, dirigida por el letón Mariss Jansons, se acerquen al repertorio lírico español. Y en esta ocasión  lo hacen de forma fulgurante, y al mismo tiempo concertística, con el preludio de “La Revoltosa”, zarzuela del género chico compuesta en 1897 por Ruperto Chapí. Gran orquestador y dotado de un melodismo inconfundible, no hay duda de que sus momentos más excepcionales como compositor lírico, tuvieron lugar en sus piezas para el llamado “género chico”. Mostró siempre un olfato natural de hombre de teatro.

Los personajes de la zarzuela no van cargados de mitos ni motivos. Se nota que sus autores hallan placentero lo cómico. Por otra parte, ¿cómo calificarían nuestros vecinos franceses piezas como las de Barbieri o Chapí si no es llamándolas opéras comiques?. ¿O los alemanes a las de Arrieta?. Existe cierto esnobismo y arrogancia en la forma en que se suele comparar y enfrentar la zarzuela a la ópera. Fruto, sin duda, de la ignorancia, tanto de la crítica como del público. La zarzuela aquí se mira con cierto complejo de inferioridad.

Con la subida de los Borbones al trono español, la ópera italiana se apodera casi totalmente de los escenarios cortesanos. Éste hecho ahoga el talento creativo nacional. Algunos se proyectan hacia Europa, como Vicente Martín y Soler. Muchos únicamente conocemos una frase de su obra Una cosa rara, porque Mozart la cita en su Don Giovanni. La zarzuela mientras tanto, vive agazapada. Ramón de la Cruz intenta llevar a cabo una revolución con ambos subgéneros parecida a la de Gluck. Hacia mediados del siglo XVIII surge otro subgénero, la tonadilla escénica o teatral, cuya meta es precisamente la sátira o la alabanza de la vida popular. Cae en profunda decadencia hacia finales de siglo, pero muchos elementos, especialmente los nacionalistas, terminarían incorporándose a la zarzuela, y, sobre todo, al género chico. La zarzuela se carga de regionalismos , cuyo influjo no cesaría hasta lograr apartarla, a principios del siglo XX, de sus hermanas europeas. Sin ningún lazo, hasta extremos ridículos en el denominado “género chico” (nombre que únicamente se refiere a la brevedad de las obras); por otra parte, mucho más digno de alabanza que la zarzuela grande, debido a su aire sainetesco y casi nunca trágico, a su retrato de modos y costumbres y, sobre todo, al derroche de ingenio musical en que siempre fue pródigo.

Con la llegada del verismo a la ópera, siglo XX, casi todos los compositores se sintieron cómodos con sus estrechas miras. Algunos hicieron contribuciones de talla internacional, como Falla y Granados. Poco a poco el divorcio entre el público conservador y las metas experimentales de la música, se hace cada vez más gigantesco. Decía Pérez Galdós que era recomendable el cultivo de la zarzuela, ya que es “arte modesto; aquí nace, aquí vive, y jamás ha pasado los Pirineos”.

Y en medio de todo, grandes músicos, como Gerónimo Giménez,  nacido en Sevilla en 1852 y alumno de Ambroise Thomas en París.  Murió en la miseria, olvidado por todos, y su obra sigue sin ser estudiada a fondo. Amadeo Vives, que colaboró con él en “El húsar de la guardia”y “La gatita blanca”, le describió como “el músico del garbo” y bien podemos decir que su contribución al sinfonismo musical español del XIX y XX fue fundamental. Turina o Falla le deben mucho, quizá incluso “La tempranica” influyese en “La vida breve”.

 

 

 

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