Cantando no se puede mentir, por Elena Ramos Trula

Orfeo

Orfeo

Un pájaro no canta porque tenga una respuesta. Canta porque tiene una canción. (Proverbio chino)

La voz es una forma de comunicación básica que todos utilizamos a diario. Las palabras son comunes a todos, para todos significan lo mismo, aunque cambiar ese significado es sencillo si se usan la ironía, el humor, los dobles sentidos… y la mentira.

Pero si cantamos, la cosa cambia, ¡la cosa cambia mucho!

Claro que podemos «decir mentiras» al cantar, usando las palabras tal y como las usaríamos al hablar. Sin embargo, si quitamos la carga de información de la palabra en sí misma, nos queda un sonido, una vibración producida por el propio cuerpo, sin instrumentos ajenos a él, sin escudos protectores, sin nada que lo camufle. Lo que sea que esté pasando por nuestro corazón, saldrá.

Hay algo tremendamente poderoso en un coro, algo que golpea con fuerza, que nos mueve a levantarnos del asiento, que nos pone la piel de gallina, que nos salta las lágrimas sin saber por qué. Algo arrollador que en nuestras mentes condicionadas atribuimos a lo bien compuesta que está la música, a la potencia sonora de las voces, a nuestro momento emocional especialmente sensible… A muchas cosas que desde luego, están ahí. Cualquier explicación mínimamente racional nos sirve. Pero hay otra cosa además de todo esto, mucho más importante y mucho más difícil de percibir de forma consciente: lo que escuchamos es el sonido del puñetazo directo a la mandíbula de emoción pura, de un sentimiento por cada cantante, lo que sea que esas personas llevan en el corazón en ese preciso instante de cantar, llega hasta nosotros sin filtro, sin mentira, sin suavizar, en bruto. Y además y dentro de la absoluta libertad individual, de una forma coordinada, como grupo gregario que somos. De este modo, mientras expresamos cada uno lo que sentimos sin tapujos, lo ponemos en consonancia con lo que sienten los demás, sin traumas ni dolores, piezas engrasadas que naturalmente encajan. Dos conceptos opuestos que tienen cabida en el mismo lugar. Inexplicable. Porque además lo conseguimos sin plegarnos a nadie, simplemente todo se coordina, se organiza, se equilibra y se ordena solo.  

Cantar es un acto de valentía. Y no es en realidad y como pensamos todos, por la vergüenza a hacerlo mal, a desafinar, a tener una voz fea o a equivocarse, sino porque aunque no nos demos cuenta, en el momento de cantar estamos expuestos como nunca, nuestras almas se quedan desnudas y cualquiera que sepa mirar podrá verlas tal y como son. Y a veces, no nos gustamos mucho, claro. Da un poco de miedo. Si os fijáis bien, los niños no suelen tener demasiado problema en pasarse horas y horas cantando… a no ser que alguien les haya pedido que lo hagan. Porque son más listos que los adultos y ellos deciden cuándo expresar sus sentimientos, sólo cuando les apetece y no cuando se lo ordenan. Y cuando este momento llega, ellos cantan y cantan y cantan sin importarles nada quién les esté escuchando. Luego crecemos y aprendemos a ocultar, y es entonces cuando dejamos de ir cantando en voz alta por la calle, o cuando tarareamos sin darnos cuenta y en el momento en que nos percatamos miramos alrededor por si alguien nos ha oído, qué situación más embarazosa.

No obstante, lo de crecer tiene su lado bueno. Porque a veces un grupo de valientes se juntan y deciden que, ya que se aburren, van a cantar juntos. Y entonces es cuando se produce el milagro y «eso de dar el cante» pasa de ser un entretenimiento a convertirse en algo casi imprescindible una vez se ha probado, una droga dura y adictiva que cuando se deja, produce un vacío inexplicable. No en vano una de las frases que escucha un cantor de coro en año sabático es «Oye… ¿y no estás cantando en ningún sitio? Qué raro…».

En un mundo en el que cada vez tenemos menos sitio y es más fácil molestarnos unos a otros, racionalizamos, organizamos, prevemos, anticipamos, sabemos lo que se debe sentir y nos esforzamos por sentirlo, controlamos nuestras reacciones, tomamos decisiones lógicas aunque estén en lucha con nuestros sentimientos, nos sacrificamos, exigimos, pedimos, tomamos, convivimos… Y explotamos como ollas a presión.

Pero cantar es inofensivo. Y nos permite que todo este autocontrol tenga su válvula de escape porque no somos robots programados. Para poder aguantar toda esta responsabilidad de vivir juntos, necesitamos poder ser nosotros mismos en algún momento, expresar lo que sentimos de verdad aunque nadie sepa entenderlo. Y que nuestras emociones encuentren su lugar en medio de las emociones de los otros, su lugar propio donde nadie pretenda cambiarlas sino que simplemente, existen y está bien que existan tal y como son, sin juicios. Esto se consigue cantando, emitiendo un sonido cuyo significado sin mentiras llegará o no llegará, pero ahí queda, dándonos espacio para que otra emoción venga y sea igualmente expresada. Así, nos enriquecemos cantando. Aunque nos empeñemos, con esa inercia de la que no podemos deshacernos, en mezclarlo con otras cosas menos elevadas. Pero esto, es mi conclusión, al final es imposible.

Cantando no se puede mentir.

Elena Ramos Trula

3 Comentarios
  • eva
    Publicado en 11:49h, 12 septiembre Responder

    PRECIOSO ,ELENA! GRACIAS POR TU ESCRITO.

  • Joaquin
    Publicado en 17:33h, 14 septiembre Responder

    muy bonito!!!, Elena y gran verdad.

  • Javier Gilmartín
    Publicado en 07:14h, 20 septiembre Responder

    Cantando no se puede «mentir» ni escribiendo tampoco. ¡Bravo!

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