El «Coro de peregrinos» de Tannhäuser, en el 160º aniversario de su estreno

Acto III

Acto III

Cuenta Wagner en su autobiografía «Mi Vida», que estaba nadando un día en el Elba cuando desde otro punto del río, invisible para él, le llegó la melodía del «coro de peregrinos», silbada por otro bañista. Dedujo que empezaba a ser popular y que Tannhäuser perduraría.

Tannhäuser y el torneo de cantores en el Wartburg es el título de una ópera romántica escrita por Richard Wagner (1813 – 1883), estrenada el 19 de octubre de 1845 en Dresde.  Libreto del compositor, basado en la tradición de los torneos poéticos medievales. Una de las más populares de Wagner, sobre todo por el afortunadísimo «Coro de peregrinos», que estamos preparando estos días.  Lo que sorprende en esta obra es el dominio de los resortes dramáticos, tanto más si se considera que el músico no era aún el todopoderoso creador del drama musical. La obertura cuenta la esencia de la trama de la ópera: la lucha entre el amor carnal y el espiritual que desgarra al protagonista. Es en sí misma un poema sinfónico, que comienza con el celebérrimo «coro de peregrinos«, posiblemente una de las piezas más escuchadas del autor.

En su búsqueda por crear «la obra de arte total», Wagner agrupaba la simbiosis de la poesía, la música, las artes escénicas y hasta una nueva forma de cantar que expresase con completa claridad el mensaje de la letra en densa trabazón con su plasmación melódica. Para ello usó los leitmotive, algunos muy breves, que deben permitir transformaciones para poder entrelazarse y dar pié al tejido sinfónico. Los personajes se expresan en versos cortos, más cargados de sugerencias que de explicaciones. Estas letras deben contar argumentos conocidos por todos y arraigados en el inconsciente colectivo.

La música de Tannhäuser es verdaderamente excepcional. Los leitmotive de la obra, no más de diez, aún no conforman todo el tejido musical.

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El coro de los peregrinos aparece en el primer acto, cuando un grupo de habitantes del lugar se dirige a Roma en viaje penitencial. En el tercer acto vuelven de peregrinar los más viejos. Elisabeth busca a Tannhäuser entre ellos.. Está escrito para hombres a cuatro voces. Se van acercando poco a poco, y empieza con el tema de la salvación celestial, cinco compases que se repiten en un tono más  agudo. La segunda parte del tema de la salvación es una melodía sencilla de dos notas. Y por fin la tercera, basada en elementos rítmicos de la primera. Sobre el texto «Durch Sühn..» aparece el tema de la penitencia, que suena tres veces, en Mi menor, Sol menor y Mi bemol menor. Entra el acompañamiento orquestal con toda su potencia sobre un ritmo en tresillos de la cuerda, que le da movimiento y profundidad. Le sigue una nueva exposición del tema de la salvación celestial. Es solemne y grandioso.

Wagner había sido nombrado segundo director de la Ópera de Dresde. Por ello estaba en óptimas condiciones para preparar bien el estreno de su nueva ópera, cuya composición empezó en julio de 1.843 y terminó, con la última página orquestada, el 13 de abril de 1.845, precisiones que podemos hacer gracias al hábito de Wagner de apuntar diaria y meticulosamente cuanto hacía, hasta en nimios detalles que rozan a veces el ridículo. Pese a cuidarse el propio Wagner de todo y la reputación de que gozaba en la época de la Ópera de Dresde, tanto por los cuerpos estables como por los cantantes de la compañía, el estreno de Tannhäuser, el 19 de octubre de 1.845, no fue un franco éxito, por varios factores: en primer lugar, el tenor que se encargaba del rol protagonista y que después había de convertirse en preferido de Wagner durante su primera época operística, Joseph Tichatschek, estaba dotado de magnífica voz, pero de escasas dotes dramáticas.  Elisabeth fue Johanna Wagner. Esta sobrina del compositor había de llegar a hacer una gran carrera, basada en su espléndida y fresca voz, pero era en aquel momento demasiado joven para comprender los recovecos del temperamento de la protagonista femenina. Para acabar de redondear la inadecuación de los actores, la gran Wilhelmine Schroeder-Devrient, que se encargaba del papel de Venus, era una cantante en declive. Otro factor que desconcertó notablemente a los cantantes fue la presencia, por primera vez en la obra de Wagner, de lo que después se ha dado en llamar «melodía infinita». Si todavía podemos encontrar alguna aria bien definida, como el Canto de la Estrella, por ejemplo, hay un encadenamiento continuo de los fragmentos sucesivos que requiere de los actores un estar en escena distinto del que normalmente se atribuía a un cantante de ópera tradicional.

El público encontró Tannhäuser demasiado largo y Wagner, un tanto decepcionado del estreno, cayó en la tentación de hacer cortes, que luego desaprobaría. De todos modos, es la ópera suya que más retoques mereció, hasta llegar a lo que se considera una segunda versión, la destinada a la capital francesa, y que fue encargada por Napoleón III a instancias de la princesa de Metternich, en 1.860.

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