El Requiem de Mozart, en el 225 aniversario de su muerte

Retomamos los ensayos, después de unos meses plenos de actuaciones, con la mirada puesta en la próxima Semana Santa, un período del año muy rico en música. Y lo hacemos con el Réquiem de Mozart, que ya cantó el Coro Lírico en concierto participativo de la Obra Social La Caixa, hace 5 años. La Joven Orquesta de Cantabria (Joscan) inicia una nueva etapa de relanzamiento, con el apoyo de la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria y bajo la coordinación del profesor de viola del Conservatorio Jesús de Monasterio, José Manuel Sáiz San Emeterio.

El concierto se realizará en la sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria, el próximo 23 de abril, bajo la batuta del maestro Andrés Juncos.

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Precisamente hoy, a la una de la madrugada, se cumplieron 225 años de la muerte de Mozart. Si bien cualquier aficionado debería recordarlo todos los días, queremos que estas líneas sirvan de homenaje y evocación de sus últimas horas, tan relacionadas con el Réquiem.

Las hipótesis en torno a las patologías que tuvo Mozart en su vida, la enfermedad final y la causa de la muerte han generado alrededor de 160 diagnósticos diferentes.

Es improbable que fuese un enfermo crónico, o un paciente psiquiátrico, o tuviese un síndrome genético, o hubiese sido envenenado. Los estudios más recientes dicen que presentó una posible hipertensión arterial severa y luego desarrolló un síndrome nefrótico, apareciendo al final las complicaciones de una insuficiencia renal aguda y un accidente cerebrovascular hemorrágico final. A finales de octubre de 1791 presentó cefalea, visión borrosa, irritabilidad y cambios de humor. El 18 de noviembre asistió a la sesión de la logia masónica, donde dirigió la Cantata K 623 “Laut verkünde unsre Freude”. Es posible que allí adquiriera alguna enfermedad infecciosa. El 20 de noviembre cayó en cama y nunca volvió a levantarse-

cementerio-sankt-marx-de-vienaSobre la muerte de Mozart no sabemos nada más preciso que lo que escribió Sophie Haibl, de soltera Weber, presente aquella noche del 5 de diciembre. La menor de las hermanas de Constanze, treinta y tres años más tarde de los hechos, hizo un relato de lo acontecido. Nissen biógrafo de Wolfgang Amadeus Mozart, con cuya viuda Constanze Weber se había casado en 1809, la exhortó a escribirlo, con intención de incluirlo en su biografía de Mozart. Sin embargo, dado el tiempo transcurrido, los límites entre información y leyenda permanecen inciertos para siempre. Sophie reivindica la presencia de Süssmayr, con quien Mozart moribundo habría ensayado el Réquiem. Esta es la versión que Constanze autorizó para la posteridad. Probablemente la mujer de Mozart quisiera garantizar lo más posible la autenticidad de la obra. Ella misma acudió ¡17! años más tarde a indagar el lugar exacto de la tumba. Vincent y Mary Novello, en 1829, acudieron a hablar con ella y se fueron con la firme convicción de que a Mozart, sorprendido por la muerte, la pluma se le cayó literalmente de la mano. Todavía 10 horas antes de su muerte, Mozart intentó ensayar el Réquiem junto a unos amigos, aunque sea errada la opinión general de que Mozart siguió componiendo en el lecho de muerte. Basta una mirada al original para refutarla: es la escritura de un hombre sano, de un hombre capaz de un lúcido ordenamiento, y no delata que estuviera agotado. Nunca un temblor. Ninguna nota fue escrita en posición horizontal. El romanticismo se apropió de la figura de Mozart y por ello necesitaba crear una leyenda de misterio en torno a su muerte.

Sabemos que Sophie fue a buscar un sacerdote, ignoramos si fue o no. Mozart era conocido como masón, y ¿apóstata?. La pertenencia a la Iglesia y a la Masonería no se excluyen. Leopold, padre de Mozart, conciliaba ambas instituciones con una religiosidad moderada. El último en comparecer aquella noche fue el doctor Closset. Probablemente fuese médico de teatro y debía conocer bien el estado del paciente. Sin duda sabría que su intervención no serviría de mucho. Prescribió ” compresas frías en la frente abrasada por la fiebre”, que aceleró la agonía, de modo que “ya no volvió más en sí”.

El sepelio tuvo lugar el día 6; un entierro pobre, de tercera clase. En la catedral de San Esteban se depositó el modesto ataúd de pino mientras Salieri dirigía la música fúnebre.  Fue enterrado en el cementerio de St Marx en Viena, extramuros, donde recibió sepultura en una tumba comunitaria. Entierro al que, por motivos varios, nadie acompañó fuera de las puertas de la ciudad. 17 años más tarde, Constanze, ante el interés de los aficionados,  fue a preguntar al sepulturero por el lugar exacto , pero ya había  muerto.

Así, pues, murió Mozart, tal vez el más grande entre los genios de la historia humana que conocemos. Lo hizo no excepcionalmente joven, 35 años, sino en el los umbrales de esa edad que se acostumbra a describir como “los mejores años de un hombre”. Destruido, en la pobreza, en la ciudad, Viena, que había despreciado sus ofrecimientos, negándole empleos y reconocimientos. Ciudad a la cual Mozart había permanecido incomprensiblemente fiel, ligado a ella por deudas y míseros deberes. Cuando el 6 de diciembre de 1791 aquel cuerpo fue depositado en una fosa, nadie intuyó que se llevaban a la tumba los restos mortales de un espíritu grande en grado sumo, regalo inmerecido para la humanidad.

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1Comentario
  • Anónimo
    Publicado en 20:17h, 16 octubre Responder

    Mozart era. es y seguira siendo un grande

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